Suena Bach en mi cabeza cuando veo a Federer jugar en Wimbledon. La coreografía de sus golpes coincide nota por nota con las suites de cello.
Rostropovich acariciando las cuerdas del violonchelo y arrancando sonidos que te transportan a un estado de emoción que sólo consiguen las obras maestras.
Federer devolviendo las bolas con su revés a una mano (one handed backhand), voleas imposibles que cambian el curso de la historia, dejadas que matan a cámara lenta, que te ponen la carne de gallina y te saltan las lágrimas de la emoción.
Ni siquiera la cámara superlenta es capaz de captar un gesto de esfuerzo, una gota de sudor. Roger sabe que la clave es hacer que parezca todo fácil. El brazo se dibuja en el aire, la bola bota en la línea, las piernas casi no rozan la hierba, esa hierba verde y elegante, inglesa, que sirve de decorado para la suite.
Sólo al final, en el momento de la victoria, en medio del escenario permite que sus ojos de llenen de lágrimas. Es el saludo emocionado del artista después de terminar una obra maestra.
Es el baile de la victoria, el deporte convertido en arte.
Cuando llega el final de algo tiendo a valorarlo, a mirar con cierta perspectiva el conjunto. Me pongo a pensar (a veces demasiado) en los cambios y lo que suponen. En general creo firmemente que hacen avanzar aunque no me gusten demasiado, sobre todo los que no dependen de mí.
Es bueno tomar distancia. Como al mirar un cuadro. En el día a día ves cada pincelada, cada trazo, cada textura. Los problemas son enormes, las dificultades insuperables, las alegrías intensas, los retos descomunales. Como decía el maestro, una Lucha de Gigantes.
Con la distancia ves mejor el conjunto, el poso que queda, lo que has aprendido y lo que has dejado en el camino.
Hay días rojos. Esto es así. Días de quedarse bajo las mantas. A veces pasa. Y los cabrones llegan sin avisar.
También hay colorantes para cambiar el color de los días rojos. Mi colorante los días lluviosos es violeta, como mi paraguas.
Salgo
a la calle y me enchufo a la Violeta. Tardo en abrir el paraguas, las
gotas de lluvia me espabilan, me refrescan la cara y la mente.
La
lluvia disuelve el rojo que se va volviendo violeta al cabo de una hora
de callejear sin rumbo. Y después, ya estoy lista para volver al mundo
real. Para devolver las pelotas desde el fondo de la red, para meter
reveses imposibles a una mano, para subir a rematar dejadas inoportunas,
para seguir viva en el torneo y, tal vez, ganarlo.
Para salir a pista hay otra música. Pero esa es otra historia.
Chimenea
es el frío y la lluvia fuera, las nueces, el sofá y la manta, la bolsa
de agua caliente en la cama, las vacaciones de semana santa de la
infancia, los cerezos en flor, música y libros, atardeceres en el río.
Memoria ancestral.
La
vida con una chimenea es más lenta. Es más vida. Pierdes la mirada y la
mente en el fuego, en el baile de las llamas, en los naranjas y
azules.
Vivir más lento. Escuchar el silencio. Sólo así captas las señales.
Y cuando ayer por la noche el bueno de Willie pisó las tablas ya estábamos en un garito neoyorkino. Uno de esos antros del Village, de Bleecker Street, con una entrada de escaleras hacia abajo. Bajada a los infiernos. Bajada al Rock&Roll. Porque por las venas de Willie no corre la sangre, su corazón bombea puro rock&roll.